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Además del camino que nos marca la liturgia durante el Adviento, estas cuatro semanas que van desde la solemne proclamación del Reinado de la Cruz y de la Misericordia hasta la llegada del Enmanuel “al estertor de la tiniebla fría”, en expresión del poeta creyente Juan Sierra, son un tiempo mariano por excelencia, de consideración especial para nuestra madre la Santísima Virgen.

Un tiempo de espera, de esperanza, de gozo contenido, de ilusión tras el sí generoso de la doncella de Nazaret a la que llamamos generación tras generación bienaventurada y en cuyo regazo –semilla de salvación y de Gloria- crece, día a día, el Dios de Belén.

Camino del Portal, guiados por esta estrella de la Evangelización, haremos también fiesta para celebrar con María su Presentación, su Inmaculada Concepción, la devoción más universal de su nombre –Guadalupe- y las cinco rosas sevillanas del jardín de la Esperanza.

Y siempre sintiéndonos hijos suyos, hijos de la madre que Cristo quiso compartir con nosotros al pie de la cruz. La madre por excelencia, la plenitud del ser madre con todo lo que ser madre significa.

Invocamos las palabras de Don Publio:

“Madre es una de las palabras más grandes, más sagradas, más densas, más misteriosas, más ricas y más evocadoras.

La Madre es Amor, amor grande, amor desinteresado, amor auténtico, amor incansable, amor a fondo perdido, amor bien entendido, amor que empieza siempre por los demás.

La Madre es Vida, es fecundidad, es manantial y fuente de ida, es santuario y cuna de la vida, es vida que multiplica la vida, es protección, seguridad y cuidado maternal de la vida que viene de camino; es grano de trigo que da vida a una espiga, la familia.

La madre es comida y es bebida para alimentar la vida de su pequeñín. Ella es entrega, generosidad, sacrificio, donación; es corazón y alma del hogar, es intuición que adivina, es comprensión y confianza.

La madre es mirada, es sonrisa, es ternura única, distinta, inolvidable e irrepetible, ella es caricia y beso que sabe a madre.

Ella es la que siempre espera, perdona y olvida, la que no se cansa de esperar, la que nunca rechaza, la que te quiere siempre y de verdad. Ella es puente, es seguridad, es refugio, es confianza, es paciencia, es reposo, es descanso, alivio y cobijo, es esperanza, es alegría y paz, es felicidad; es adivina, es sabiduría, es consejo, es serenidad; es comunión con el hijo, misteriosa y única.

Una madre es pies que no se cansan aunque estén cansados; brazos siempre abiertos, acogedores y cálidos; y rodillas donde se aprende a hablar, a besar, a rezar y amar; ella es regazo y es apoyo para reclinarse, para descansar y para dormir.

Ella es la siempre pendiente de todo y de todos; ella es la que se desvive para que los demás vivan; canas y arrugas que hijos y nietos deben saber leer y besar.

Una madre es todo esto y mucho más porque una madre es una madre; y es que una madre es lo más parecido al Dios Padre con corazón de madre”. Porque Dios es padre y madre, como nos recordó el Papa Juan Pablo I.

Adviento con María, la madre.

¡Reina y madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra!

Con la invocación filial de la Salve, le pedimos a María que prepare nuestros corazones para llegar a la plenitud de la Navidad: ¡Muéstranos a Jesús!

Y muéstranos a Jesús en el prójimo que nos necesita.

Ignacio Montaño Jiménez