Aquí seguimos intentando considerar las verdades de nuestra fe releyendo textos de don Publio, que tanta influencia tuvieron en muchos de nosotros.
Y seguimos por el camino de Emaús, acompañados por Cristo Resucitado, escuchando su Palabra y compartiendo el Pan de su Cuerpo y queriendo conocerlo, amarlo y seguirlo cada día mejor, a pesar de nuestras debilidades y contando siempre con su Gracia.
Conversando con este Dios que es Amor, según vimos en las notas anteriores, queremos aprender su doctrina sobre nuestro prójimo para aplicar en nuestras vidas lo que dice San Juan en su Primera Carta: “Que el que ama a Dios, ame también a su hermano”.
En este sentido, don Publio, en sus meditaciones sobre el Cuerpo Místico de Cristo, hacía especial hincapié en la escena de la conversión de San Pablo, perseguidor de cristianos, camino de Damasco.
Cuando Jesús toma la palabra: “¡Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.
Y la sorpresa del futuro San Pablo, que en realidad persigue a los cristianos: ¿Tú quién eres?
Y la principal y definitiva razón para nuestro amor al prójimo está en la respuesta del Señor, en la que se identifica con todos y con cada uno de los cristianos: “¡Yo soy Jesús, a quien tú persigues!”.
Y Don Publio iniciaba una larga retahíla de personas cercanas a nuestra vida diaria: “O sea, que tu mujer o tu marido, tus hijos y tus nietos, tus amigos y los que no lo son, los que comparten tus ideas o las ideas contrarias, los compañeros de trabajo o de paro, los sanos y los enfermos, todos aquellos con quienes convivimos, a quienes tratamos y a veces maltratamos de pensamiento, de palabra o de obra, son el mismo Cristo”.
Esto del amor a Dios y al prójimo, donde se encierra toda la Ley y todos los profetas, condiciona de tal modo lo que somos de verdad como creyentes, que bien podemos decir que basta oírnos hablar del prójimo, es decir, del mismo Jesucristo, para entender si realmente somos o no somos auténticos cristianos. A estas alturas del camino de Emaús, creer en Cristo Resucitado y escuchar su Palabra y ponerla en práctica, necesita medirse en nuestro comportamiento con nuestros hermanos; y basta el equipaje de dos parábolas para llenar nuestro espíritu de la sana doctrina y compartirla con los demás: la del Hijo Pródigo para el abrazo con nuestro Padre Dios, y la del Buen Samaritano para practicar la misericordia con nuestro prójimo.
Somos Iglesia, formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo, y nuestro compromiso esencial es el de ser células vidas que llevan la Vida a todos nuestros hermanos.
Resuene en nuestros corazones el lenguaje directo de Don Publio:
“Recordemos una vez más las palabras del Concilio: “la Iglesia tiene el deber de hacer presente y como visible la presencia de Dios Padre y de su Hijo Encarnado”.
¿Cómo hacerlo?
¡Transparentando la presencia y la actuación de Jesucristo, proclamando tú y yo lo que Él dijo y haciendo lo que Él hizo!”
¡Así se lo pedimos a la Madre que el mismo Jesucristo quiso compartir con nosotros!
¡Quedad con Dios!
Ignacio Montaño Jiménez
