Anécdota, parábola o chascarrillo –vaya usted a saber- lo cierto es que a la Plaza mexicana de las Tres Culturas llegó nuestro personaje y preguntó a un guardia: “¿La Revolución de Pérez?”. Y, sin dudarlo un segundo, la respuesta clara del representante de la Autoridad: “¡La primera a la izquierda!”
Por estos lares, sin embargo, la cosa no parece tener una contestación ni tan rápida ni tan rotunda, al menos en el sentir de mucha gente de la calle con la que me identifico, que se pregunta como yo: ¿Dónde están los míos?
Y que conste que no soy ni muy selectivo ni muy exigente. En campos de convivencia acepto: el desarrollo en todos sus términos de nuestra Constitución, especialmente de su artículo catorce; la mujer en puestos más relevantes de la Iglesia; los preservativos; la función social de la propiedad; una imposición más progresiva; el derecho real a una vivienda; el respeto y la simpatía por todas las tendencias sexuales; o la lucha contra las injusticias y la extrema pobreza y a favor del medio ambiente.
Ni por ninguno de estos ni por otros variados temas desecho, de entrada, las ideas de un grupo.
Si ustedes me lo permiten, simplifico y voy al grano: en el terreno de la política, solamente rechazo un ideario cuando éste sostiene el derecho al aborto y no defiende la vida desde sus primeras consecuencias.
¿Sería posible un acuerdo de principio en el que muchos, la mayoría, fueran defensores de la vida desde la concepción? Pues ahí me apunto.
Pero curiosamente, en mi particular Plaza de las Tres Inculturas, los unos legislan a favor del derecho a la muerte, mientras los otros dejan pasar el tiempo sin tocar ni una coma, lo que ya resulta un escandaloso y negativo “lo escrito, escrito está”.
No me convence esta idea del ritmo de los tiempos políticos a la hora de buscar y encontrar el momento más oportuno, ya que la vigente Ley de Educación, por ejemplo, se impuso con los únicos votos del partido proponente.
Aunque todo es opinable, creo que los míos –si es que existen- se la hubieran jugado antes por defender al no nacido que por la existencia de una materia concreta en unos planes de estudio con ser estos importantes. No ha sido así en el establecimiento objetivo de las prioridades de los unos y los otros. Igual que los saduceos de los tiempos de Jesús, parece no creer nadie en la resurrección, ni siquiera en la de las ideas; ni siquiera intentando rezar aquello de “¡que me quede como estaba antes del disparate!”
Con lo fácil que sería buscar la suma de muchos, en una operación cuyo único denominador común fuera la defensa de los más débiles, eliminando componentes heterogéneos más o menos discutibles, para evitar que la sangre de tantos inocentes llegue al río que nace y pasa por un quirófano abortista.
No parece sino que estuvieran estudiando la cuadratura del círculo ante la contradictoria sentencia de las encuestas. Algo así como en aquella anécdota del militar que daba, con aparente autoridad, órdenes de imposible cumplimiento: “¡A formar por orden alfabético, los más altos delante!” Lo dicho: ando buscando a los míos sin engañar a nadie y sin querer dejarme engañar. Sólo le pido al guardia que me indique donde está la gente que rechaza frontalmente el aborto, que en todo lo demás estoy abierto al diálogo.
Judíos, musulmanes, cristianos, agnósticos, ateos, homosexuales y heterosexuales, emigrantes y aborígenes.
A todos los considero de los míos, si defienden la vida.
Ignacio Montaño Jiménez
