Exaltación eucarística ante el Día del Corpus
De dos en dos, aquella reata de inocencia de niños limpios y mal vestidos que desde la escuela se dirigía a la iglesia para confesar por primera vez, entonaba con más entusiasmo que acierto la canción que la paciencia de don Ernesto, el maestro, nos había enseñado:
Vamos niños al Sagrario,
que Jesús llorando está,
¡pero en viendo tantos niños
muy contento se pondrá!
Era el mes de junio del año del Señor de 1943, cuando con seis años me disponía a hacer la Primera Comunión.
En plena post guerra, hasta algo tan hermoso queda en la bruma de un blanco y negro de escasez y de luto que, no obstante, reflejaba de alguna manera una alegría de carácter sobrenatural. Y eso que lo único que estrené para la ocasión fue un cinturón, sin que recuerde haber tenido regalo alguno.
Igual que en esta autenticidad, poco después, en la Primera Comunión de mi única hermana vivimos un episodio para mí inolvidable, cuando mi abuela paterna, hija de portugués, se arrodilló ante su nieta “porque dentro de ella, estaba Dios”.
Después, esta misma manifestación de fe la he visto grabada en las puertas de muchas capillas en las que se encontraba el Sagrario: “¡Dios está aquí!”
¡Aunque muchas veces solo, tan solo como se lo encontró nuestro último santo sevillano San Manuel González en tantos altares abandonados!
¡Vamos al Sagrario, hombres y mujeres, llevando con nosotros aquel corazón puro de nuestra niñez, reviviendo aquel amor primero, para alegrar el corazón de Dios!
¡Porque en viendo tantos corazones niños muy contento se pondrá!
“Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y después se lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. Y tomando una copa de vino dio gracias y se la pasó diciendo: “Bebed todos, porque ésta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por los hombres para que se les perdonen los pecados”. (Mt. 26, 26-27).
La escena abre el Drama de la Pasión y Muerte y es pórtico y cauce de la Gracia Divina para los hombres de todos los tiempos que se alimentarán con el pan de Vida y el Cáliz de Salvación.
“¡Este es mi Cuerpo!” El mismo cuerpo que suda sangre en el Monte de los Olivos, el que Pilatos concede para ser azotado y para la crucifixión, el que José de Arimatea y Nicodemo depositan muerto en los brazos de su Madre, el Cuerpo que resucita para vivir para siempre.
“¡Esta es mi Sangre!” A borbotones por el sendero de espinos de la frente, por el amasijo de la espalda azotada con el látigo de puntas de hierro y huesos, por la chorrera labrada por las tres caídas, por el desgarro de los clavos en las muñecas, como cordero que llevan al matadero; las últimas gotas mezcladas con agua por las escurriduras del pecho atravesado.
“¡Tomad y comed! ¡Tomad y bebed!”
Y el soplo eterno del Espíritu de Dios llevó a través de los siglos el anuncio de la donación plena del Cuerpo y de la Sangre del Señor, con el encargo divino:
“¡Haced esto en memoria mía!”
Y cada día, en la solemnidad de las catedrales, en el íntimo silencio de las clausuras, en la pobreza integrada de los templos prefabricados de la periferia de las grandes ciudades, en las chozas abiertas de las iglesias nacientes de África; en tantos sitios tan distintos, en lenguas tan dispares, por hombres consagrados - débiles y fuertes, santos y pecadores - el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre del Señor.
Hasta este Dios de nuestro mismo linaje –Dios y hombre verdadero- acercamos esforzadamente la ofrenda de nuestras vidas desiguales, con las dudas de Nicodemo, con la pureza de intenciones de los niños, con las traiciones de Pedro y de Judas, con nuestra poca fe ante las tormentas del Mar de Tiberíades, con la fidelidad de Juan el Evangelista; con el temor de los gerasenos , con la alegría de los hosannas de palmeras y olivos; con nuestros problemas, con nuestro pequeño mundo de enfermedades, de prisas y de soledad.
Y ante este Dios que nos entregó hasta la última gota de su Sangre, venimos humildemente con nuestra rutina, con nuestra superficialidad, incluso revestidos externamente para la ocasión en la solemnidad de nuestros cultos y en la magnificencia de nuestras procesiones, aunque muchas veces no vivamos en plenitud su presencia real.
Pero debemos preparar nuestros corazones para acompañar cada vez más dignamente a Dios en su procesión por nuestras calles; prescindir del espectáculo, del acto social, de toda superficialidad, sin prescindir de la alegría que es manifestación clara de vida interior:
Dios viene a cuerpo en el frío
laberinto de la plata.
Frescor de juncia y romero
nos anuncia su llegada,
mientras la brisa voltea
el clamor de las campanas.
Oro de viejos naranjos
enriquece la mañana
y un perfume de oraciones
generoso se derrama
con modales desenvueltos
de María de Magdala.
Los seises suenan los cántaros
donde la samaritana,
junto al pozo de Jacob,
llenó de la mejor agua.
Se aviene Dios a razones
por cinco justos, con tanta
misericordia de Padre
que toma a fiesta la farsa
de doblegar la rodilla
sin que amaine la arrogancia.
Ya no cabe distinguir,
por hierosolimitanas,
las maneras de este mundo
de las formas más sagradas.
¿Va camino de Emaús?
¿Vuelve a comenzar el drama
con un beso en la mejilla
y una rúbrica de lanzas?
A Cuerpo, resucitado,
con el cofre de sus llagas
pasa un Dios de Pan, desnudo
en una cárcel de plata.
¡Tenemos que intentar vivir de verdad, con ganas y con la humildad de saber pedirle a nuestro Padre Dios el don de su Gracia, los dos mandatos esenciales del testamento de la Última Cena: el del amor y el de la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía!
Ignacio Montaño Jiménez